La crisis ambiental

Sumergidos permanentemente en las oscilaciones de las bolsas, la prima de riesgo, deuda y recortes, lo ambiental, la crisis ambiental, ha desaparecido de lo cotidiano. Es lógico, me responderán algunos: lo primero es lo primero, no podemos preocuparnos de lo superfluo cuando estamos tan mal. Y es que superflua suele ser nuestra visión de la relación con la naturaleza, mucho más centrada en una asociación con la conservación de los animalillos que de entender lo más importante, más aun que el dinero que, ya es decir.

La naturaleza es la proveedora de los servicios ambientales en los que se basa nuestro bienestar: suelo, agua, biodiversidad y calidad del aire son imprescindibles de modo directo para mantenernos. Y los seguimos perdiendo a ritmos acelerados, pero ya no tienen el gancho informativo excepto cuando es algo trágico, como los incendios forestales o claramente inaceptable como el estado de los mares (vertidos fecales, medusas, babosas).

La crisis climática sigue aceleradamente, la perdida de biodiversidad no se frena, los recursos del suelo fértil se pierden (nuestra fértil huerta), los mares se ensucian (empiezan a verse más plásticos que peces en nuestro litoral), los caladeros se agotan…

Cuando era un niño, el futuro era para nuestros padres algo prometedor en el que sus hijos vivirían mejor que sus abuelos. Hoy el futuro infunde miedo, y lo hace porque este sistema que hemos montado es insostenible al basarse en la acumulación de capital en manos de cada vez menos sin considerar los costes sociales y ambientales. La ética del capital no vale para el futuro de todos y son pocas las opciones políticas que claramente lo cuestionan. No mandan los gobiernos, mandan los Goldman Sachs y una terna de multimillonarios que a través de sus fondos de inversión y acciones dirigen las jaurías de especuladores. Reconozcámoslo, pero no aceptémoslo.

Una transición hacia algo verdaderamente sostenible es posible y va a ser difícil, va a afectar a nuestras creencias de crecimiento infinito y sus correspondientes hábitos de consumo. Repasen la realidad de los últimos años: creímos que todo se vendería, que los precios de las casas nunca bajarían, que era lógico que todos tuviéramos metros, trenes de alta velocidad o aeropuerto o autovía… creíamos que era lo correcto y ahora vemos que el coste económico que lleva consigo es o va a ser muy, muy alto. Es materialmente imposible crecer de modo ilimitado y mucho menos de prestado.

Es el momento de cambiar, o empezar a cambiar, de familiarizarnos con algo nuevo como es el decrecimiento, la huella ecológica, la cuota de carbono, la internalización de los costes ambientales o la reducción de nuestra intensidad energética. De aceptar que llegar al trabajo 30 minutos más tarde, no tener coche nuevo cada 5 años, no viajar a Miami o tener toda la oferta frutícola todo el año en el súper no es una tragedia. Surgirán voces de menosprecio, las mismas que nos convencieron de las bondades de lo que ya sabemos que ha fracasado. No repitamos los errores y no olvidemos las promesas frustradas de bienestar ni de quien venían. Cambiemos y adaptémonos a vivir con menos, más tranquilos. Porque lo verdaderamente importante para las personas es tener nuestras necesidades básicas de alimentación, hogar, vestido, salud o educación cubiertas y, a partir de ahí, tener buenos amigos y tiempo para disfrutarlos.

Antonio Soler | Diario Ecología

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