La Tercera Revolución Industrial

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A principios de marzo pasado distintas organizaciones sindicales, empresariales, ecologistas y de consumidores, suscribieron un manifiesto -impulsado por Jeremy Rifkin- llamando a la creación de un nuevo orden energético basado en la potenciación de las renovables. Se trata de un paso más que da este economista americano para alcanzar una Tercera Revolución Industrial que debe nacer de la conjunción de las nuevas tecnologías de las telecomunicaciones y las energías limpias.

En el texto se recoge el compromiso de trabajar “por un cambio de modelo productivo y energético para crear empleos sostenibles, mediante la creación de las condiciones de mercado más favorables para todas las empresas e iniciativas que apuesten por el ahorro y la eficiencia energética, las energías renovables, las redes inteligentes y los mercados de energía distribuida, lo que permitirá la creación de millones de empleos verdes de mayor calidad.

Para Rifkin, sociólogo y economista, profesor de la Escuela Wharton de Finanzas y Comercio y presidente de la Foundation on Economic Trends –que estuvo en unas jornadas hace tres años y nos dijo aquello de que no entendía el sometimiento del país a las energías fósiles si podíamos ser “la Arabia Saudí de las renovables”- las grandes revoluciones económicas “ocurren cuando los hombres cambian su forma de gestionar la energía”. El sustenta en tres pilares fundamentales la que llama Tercera Revolución: la energía renovable, la tecnología de almacenamiento y la red eléctrica inteligente.

La solar, la eólica, la hidrológica, la geotérmica, la mareomotriz y la biomasa componen el primer pilar y están llamadas a romper con el protagonismo de los fósiles convencionales, para lo que necesitan ir a la par con la segunda columna a la que denomina como tecnología del almacenamiento –“con miras a facilitar la conversión de los suministros intermitentes de dichas energías en recursos fiables”- donde el hidrógeno es un elemento clave.

El tercer pilar –la red eléctrica inteligente- la subdivide a su vez en tres elementos fundamentales:

a) las mini-redes , que permiten a las familias, las PYMES y empresas de mayor calado “generar localmente energía renovable usando paneles fotovoltaicos, generadores eólicos, pequeñas centrales hidroeléctricas, residuos animales y forestales, residuos urbanos, etc. y utilizarla para cubrir sus necesidades energéticas cuando no estén conectadas a la red”,

b) la tecnología de medición inteligente que permite a los productores locales “vender mejor su energía a la red eléctrica principal y retirar electricidad de la red, consiguiendo que el flujo de electricidad sea bidireccional” y

c) la tecnología de redes inteligentes, un software que permite conocer la energía que está utilizando la red, los cambios meteorológicos, la independencia de las empresas eléctricas, etc., una “interconectividad que puede ser utilizada para reconducir los usos y flujos energéticos durante las puntas de consumo máximo y mínimo, incluso para ajustar en tiempo real el precio de la electricidad” y para poder producir y vender energía a la red “con la misma transparencia con la que actualmente se genera y comparte información en Internet”.

Se trata, sin duda, de una revolución imparable que tiene de los nervios a los que en estos momentos sustentan un poderoso lobby energético que se rebela, como gato panza arriba, para no perder su control sobre la economía, sobre los gobiernos y los partidos de turno, sobre la ciudadanía en definitiva. Que no acepta la democratización imparable de las energías y pone en el camino todos los obstáculos posibles, legales y menos legales, para evitarla.

A eso se refería no hace mucho Luis Crespo, patrono de la Fundación Renovables, cuando apuntaba que “la historia de las revoluciones tecnológicas que han ido transformando el mundo nos muestra que siempre ha habido intentos de rechazo por parte de los núcleos económicos de poder, defendiendo sus intereses establecidos”. Y citaba la Revolución Industrial de finales del XVIII cuando los lobbys aristócratas presionaban contra las máquinas de vapor que atentaban contra un caduco sistema de producción, o el tren a mediados del XIX o la introducción de la electricidad a principios del XX…

Estamos hablando de que las energías limpias podrían cubrir en 2050 las necesidades de un planeta herido, según acaba de publicar WWF: “Es técnicamente posible que un 95% de la energía que necesita cada persona proceda de fuentes renovables, utilizando tecnologías existentes hoy. Si seguimos dependiendo de los fósiles estamos ante un futuro de ansiedad creciente por los costes y la seguridad energéticas, así como por su impacto en el cambio climático”.

Es tan grande el poder de las eléctricas que contratan a importantes ex políticos. Y no tienen con esas, sino que también atacan directamente, con la complicidad del Gobierno, a las renovables y de manera especial a la fotovoltaica a la que se ha agredido y vilipendiado sin ningún pudor. Da vergüenza constatar como las energías sucias reciben cinco veces más dinero en ayudas que las renovables (gestión de residuos radiactivos, mantenimiento de las plantas, déficit ficticio de tarifa, subvenciones a los ciclos combinados, al gas y a las petroleras.

Pero no les quedará más remedio que claudicar. No queda otra vía que la potenciación con incentivos, inversión y apoyo público a la eficiencia y el ahorro como medida vehicular, y al tiempo, paralelamente, a la apuesta sin límites por las renovables. Se agotan el carbón y el gas. A las nucleares se les ha terminado de ver el plumero con lo de Japón. Mal que les pese, las renovables se reivindican solas y van ganando posiciones. Pasito a pasito, pero firmemente.

Nos queda otro paso, el conseguir ya la democratización más absoluta: el net metering, la generación cercana…la tercera pata de la revolución industrial de Rifkin que el Gobierno no se atreve a poner en marcha, por ahora.

Vía: Antonio Morales | Diario Ecología

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