Las ciudades y los árboles

rafaelp77 Las ciudades y arboles

Para unos cuantos, la idea misma de ciudad debe consistir en lo opuesto de la naturaleza: o hay naturaleza o hay ciudad. Según esa concepción, la ciudad es la negación de lo natural y la absoluta imposición de los deseos humanos sobre el paisaje. Una idea que, como suele pasar con las ideas, varía no solo con las personas sino también con las épocas: según le oí decir al arquitecto y escritor Federico Vegas, en 1713 el espantoso gobernador José Francisco Cañas y Merino mandó talar todos los árboles de Caracas.

Pero las mejores ciudades son las que negocian con la naturaleza. No se entregan del todo a ella, porque si lo hacen la naturaleza las sepulta, especialmente en el trópico, y porque de hecho una de las funciones básicas de la máquina urbana es brindar a sus ocupantes humanos y animales refugio de los elementos de lo inhóspito, de la furia de la lluvia, la nieve o la inundación; del frío o del calor implacables; de la escasez de agua (como en las urbes del Sahara) o de la sobreabundancia de ella (como en las urbes insulares).

Las mejores ciudades dejan algo de la naturaleza originaria del paisaje que ocupan e incluyen además otro componente de naturaleza importada, de paisaje “a la carta”. Esto último responde a modas y a caprichos de los planificadores urbanos, pero es capaz de producir excelentes resultados y de hacerse parte de la identidad de esa ciudad.

El exotismo orientalista del Modernismo llevó palmeras africanas a Lisboa y a Barcelona, que sin duda contribuyen a que esas urbes tengan la fantástica personalidad que tienen. Uno no puede imaginarse a Montreal sin sus arces, originarios de esos parajes, y Madrid tiene como símbolo a un madroño.

Pero los árboles, esos representantes tan activos de la naturaleza, son mucho más que peones de la estética y fuentes de oxígeno. Como lo demuestra el París del barón Haussmann, forman no solo parques sino también bulevares, hacen que algunas calles sean más especiales que otras y crean con eso sentido de ciudad, jerarquías, delimitaciones de zonas de usos especiales.

Hay que saber cuáles árboles plantar en cada clima, claro; los magníficos mijaos (Anacardum excelsum) del este de Caracas, una ciudad particularmente rica en árboles, producen mucha sombra pero también rompen las aceras con sus raíces. Sin embargo, junto a las ceibas, los samanes, los mangos y los jabillos, entre otros, brindan numerosos servicios imprescindibles para la calidad de vida urbana: traen pájaros y alivian el efecto isla de calor con el aire que producen y con la sombra que vierten sobre las calles, tan valiosa en ciudades como Caracas o Maracaibo; producen frutos que bien pueden sumarse a la oferta alimentaria de la población: absorben ruido e incluso reducen el riesgo de accidentes de tráfico, porque está demostrado que las calles con árboles inducen menos a los conductores a acelerar que las que no los tienen.

Una buena provisión de árboles puede convertir un lugar vacío, desolado e inseguro en un área que vale la pena recorrer y visitar, y todo lo que se haga en ese sentido hace una ciudad más eficiente, más demandada y por tanto más segura. Los árboles deberían ser un derecho humano y mucho más democrático, porque tiende a haber más en los barrios prósperos que en las abarrotadas áreas de menores ingresos. No tienen por qué estar circunscritos a los parques o los jardines botánicos: tienen cabida hasta en las zonas industriales. Una mejor ciudad tiene más y mejores árboles: árboles que la hacen más serena, más grata, más vivible.

Vía: Rafael Osío Cabrices | @osiocabrices

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